En este cuadro, de la maraña de colores emergen rostros y siluetas que evocan presencias casi espirituales. A la izquierda aparece la primera figura: un rostro femenino de tez oscura, coronado por un tocado construido con pinceladas azules, blancas, rosas y rojas. Junto a ella se percibe otra figura masculina de espaldas, con la piel rojiza, barba y bigote intensamente blancos y un sombrero negro. En el extremo derecho se adivina el perfil de otro hombre, formado por una combinación de líneas verticales y horizontales. La superposición de blancos, negros y rojos genera una presencia fragmentada, casi desmaterializada. Las figuras no están dibujadas: aparecen, como si la pintura las revelara más que representarlas. Natalia.
Repleto de color intenso y vibrante, este cuadro nos narra la historia de un niño que descubre el mundo a través de su bicicleta: Pedro descubriendo el mundo . Mediante trazos simples y ordenados, el artista expresa su idea de la libertad de movimiento, la posibilidad de ir donde uno desee. Los colores aparecen impregnados de fantasía: un sol verde, un cielo color carne, campos verdes, tierra roja, cielo y mar azules. La unión de Pedro con la naturaleza se sugiere a través de los tonos que viste —verde, rojo y azul— integrándolo cromáticamente en el entorno que explora. Como es habitual en la obra del artista, las manos adquieren un protagonismo especial: establecen un gesto de saludo cercano, invitando al espectador a compartir el viaje. Natalia.