Repleto de color intenso y vibrante, este cuadro nos narra la historia de un niño que descubre el mundo a través de su bicicleta: Pedro descubriendo el mundo . Mediante trazos simples y ordenados, el artista expresa su idea de la libertad de movimiento, la posibilidad de ir donde uno desee. Los colores aparecen impregnados de fantasía: un sol verde, un cielo color carne, campos verdes, tierra roja, cielo y mar azules. La unión de Pedro con la naturaleza se sugiere a través de los tonos que viste —verde, rojo y azul— integrándolo cromáticamente en el entorno que explora. Como es habitual en la obra del artista, las manos adquieren un protagonismo especial: establecen un gesto de saludo cercano, invitando al espectador a compartir el viaje. Natalia.
Como si hubieran escapado de la viñeta de una novela gráfica, emergen dos figuras tan peculiares como complementarias: Violet y Red. Se presentan de espaldas, enfrentadas sin mirarse, en una tensión silenciosa que recuerda a un duelo detenido en el tiempo. La posición de sus manos —extendidas, rígidas, casi mecánicas— sugiere la forma de un arma imaginaria. Ambas figuras se articulan como un puzle visual. Sus contornos encajan y se interrumpen mutuamente, componiendo una unidad fragmentada: dos identidades autónomas que, sin embargo, solo adquieren pleno sentido cuando coexisten en el mismo espacio pictórico. El resultado es a la vez bello y vibrante; una armonía construida desde la oposición. Los rostros, esquemáticos pero expresivos, parecen narrar la memoria de dos civilizaciones distintas. El color se aplica con intención estructural, no meramente decorativa. La composición funciona como un único plano compacto que condensa la escena y elimina la profundidad tradicional...