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Inauguración de la exposición "El arte difumina las fronteras". La Nit de l'Art 2026

Hoy, a las 19 h, hemos inaugurado la exposición colectiva de seis artistas bajo el título El arte difumina las fronteras , dentro del marco de la Nit de l’Art 2026. Hemos celebrado el arte que trasciende límites y se enriquece con la diversidad de estilos, miradas y lenguajes visuales. De una gran amistad nació el deseo de crear una participación conjunta en la Nit de l’Art, dando lugar a un espacio de encuentro y diálogo artístico. Los visitantes han podido adentrarse en los universos de nuestros artistas: la luz y delicadeza de Alex, el imaginario onírico y narrativo de Manuela, el lenguaje sorprendente y gestual de Iñaki, la exploración introspectiva y experimental de Nazareth, el universo sensorial y textural de Medu y la capacidad transformadora de Elena, donde los materiales encuentran nuevas oportunidades y significados.  
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Inauguración de la exposición "Raíces de Azogue" (25/04/2026)

Marta Miró García, investigadora especializada en el vínculo entre creación y malestar, presentó a las tres jóvenes y talentosas artistas —Manuela María Popescu, M. Dolores Ballestar Cabezuelo y Nazareth Sira Bracho—, quienes han logrado captar la atención del público con esta extraordiaria muestra conjunta. Raíces de Azogue se ha concibido como un espacio de tránsito entre lo visible y lo oculto, donde el espejo deja de ser un objeto para convertirse en símbolo: superficie de proyección, umbral de conciencia y dispositivo de revelación. En torno a él, la exposición despliega una reflexión sobre la mirada —propia y ajena—, la dualidad de la identidad y la naturaleza inestable de la verdad. Como el azogue de los espejos antiguos, las obras reunidas poseen una cualidad mutable y ambigua: reflejan, pero también distorsionan; muestran, pero también ocultan. La imagen deja de ser certeza para convertirse en proceso. Las tres artistas entienden la creación como un acto de indagación. En est...

Dos

 Este cuadro destaca por su composición clara y estructurada, en la que se integran varios elementos de carácter simbólico. Titulado Dos , presenta a dos personajes fácilmente reconocibles: un padre y su hija. Los vínculos entre ambos se sugieren mediante recursos cromáticos, como los mechones de pelo azul o las formas negras que aparecen en sus cuerpos, estableciendo una relación visual directa entre las figuras. Más allá de este primer plano, la composición se amplía. Al fondo, se distinguen formas que podrían insinuar una tercera figura, quizá la de la madre, que parece sostener un número romano II. En un plano aún más lejano, aparece el sol que ilumina la escena. Natalia

El contrapunto

Este cuadro representa a una pareja. La combinación de líneas y colores aporta una textura inesperada, que resulta impactante por su estética y su composición. El fondo, oscuro y plano, contrasta con los cuerpos claros, segmentados por tres capas de líneas que estructuran las figuras. Los rasgos —boca, nariz y ojos— se reducen a simples líneas verdes, enmarcadas por trazos rojizos que refuerzan su presencia. La joven, en primer plano, saluda con gesto alegre, mientras que el joven, situado detrás, apoya el puño cerrado sobre su hombro, manteniendo una expresión contenida. Natalia

Malena

En este cuadro podemos observar a Malena. Su cabeza descansa tranquilamente sobre su mano, en una postura sencilla y estable. La expresión de su rostro es tranquila, y su mirada parece fijarse en el horizonte. Los colores se entrelazan creando un juego de luces y sombras, con grandes superficies y pocos detalles que refuerzan la composición. Bajo la pintura se entrevén líneas de lápiz y bolígrafo: algunas acompañan las capas de color y otras quedan parcialmente ocultas. Los colores se superponen y se mezclan, como los pensamientos que invaden a la protagonista, generando una composición dinámica. Mientras tanto, Malena permanece impasible, con la mirada dirigida hacia ese horizonte donde todo parece converger. Natalia.

El llanto

La Estatua de la Libertad ya no reconoce su propio nombre. Donde antes habitaba la esperanza, ahora se extiende una tristeza densa, casi insoportable. Su rostro, oculto tras manos que no son suyas, refleja el peso de un mundo que ha olvidado lo que significa ser libre. La avaricia se ha convertido en el motor de la historia. Alimenta guerras, justifica la violencia y normaliza la crueldad. Resulta difícil comprender cómo, en una época donde la ciencia avanza a pasos extraordinarios, donde la medicina logra vencer enfermedades que antes eran sentencia de muerte, y donde vivir más de ochenta años es cada vez más común, siga siendo el poder —y no la vida— el objetivo de tantas naciones. Mientras el universo nos revela sus secretos más profundos, algunos países continúan mirando hacia abajo, obsesionados con la conquista, el territorio y la supremacía. Como si la grandeza se midiera en dominios y no en humanidad. Hombres de poder, escuchad la voz del pueblo. Basta de arrebatar la vida a...

Un día feliz.

 En este cuadro, la figura central se construye mediante amplios trazos de color que delimitan con claridad cada una de sus partes. El rostro, de contornos marcados, se enmarca entre las manos alzadas, mientras el cuerpo se organiza en planos cromáticos que se superponen con firmeza. Los colores —intensos, contrastados y aplicados en bloques definidos— generan un ritmo visual que guía la mirada a través de la composición. El fondo, resuelto en tonos amplios y uniformes, actúa como un escenario que realza la silueta. La obra se sostiene en la precisión del trazo, la contundencia del color y la claridad de las formas, creando una imagen que se afirma por su estructura y su presencia. Natalia.