Andrés parece capturar un instante extraído de una historia más amplia, un momento suspendido entre la incertidumbre y la esperanza. El joven aparece rodeado por líneas y destellos que evocan tormentas interiores, dudas y cambios propios de una etapa decisiva de la vida. Sobre sus hombros descansan dos manos protectoras, símbolo de la presencia constante de sus padres, capaces de acompañar y sostener incluso cuando la distancia los separa por miles de kilómetros. Su rostro refleja preocupación y melancolía, pero su cuerpo comienza a relajarse, como si hubiera encontrado un apoyo firme. Los rayos que lo rodean se suavizan al atravesarlo, transformándose en calma. La obra representa así el tránsito de la adolescencia hacia la madurez, un camino en el que el amor familiar permanece como guía silenciosa y refugio seguro. Natalia
Gretel y Goku es una obra que celebra la amistad y el amor incondicional que une a las mascotas con quienes forman parte de su vida. La figura de Gretel aparece dispuesta a salir, mientras Goku permanece atento, observándola de reojo con la serenidad de quien asume una misión importante. Su postura transmite protección y lealtad, como si quisiera decir: «Tranquila, de la casa me encargo yo» . Los tonos cálidos de naranjas, ocres y rojizos envuelven la escena en una atmósfera acogedora, mientras los contrastes oscuros refuerzan la presencia del perro. El entrelazado de colores unifica la composición y simboliza los vínculos emocionales que conectan a ambos, convirtiendo una escena cotidiana en una emotiva representación de confianza, compañía y afecto duradero. Natalia