Mediante una economía deliberada de colores, formas y pinceladas, el artista construye la figura de un personaje extraterrestre: Magnus.
Se trata de un ser de gran cabeza, coronada
por prolongaciones que recuerdan a múltiples cuernos. Aparece sentado, con la
cabeza apoyada sobre sus manos —reducidas a dos dedos— que descansan sobre las
piernas, en una actitud pensativa y silenciosa.
Los colores se repiten a modo de leitmotiv:
azules y naranjas recorren ojos, nariz, manos y pantalones, estableciendo un
ritmo visual que estructura la imagen y guía la mirada del espectador.
El fondo, segmentado en negros y naranjas,
introduce un orden geométrico que aporta equilibrio y estabilidad a la
composición. La escena, a pesar de su simplicidad formal, produce una sensación
de extrañeza serena, como si contempláramos a un habitante lejano que nos
observa desde más allá de nuestro hogar: la Vía Láctea.
Natalia.

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