Este impresionante cuadro es un reflejo de la flexibilidad y versatilidad del estilo de Iñaki, así como de su constante experimentación con la aplicación del color y la forma. En esta obra podemos observar cómo las manos presentan un aspecto deliberadamente deformado, como si esa alteración reflejara un movimiento captado en una especie de anomalía del espacio y del tiempo, una presencia que existe y no existe simultáneamente.
El uso del color refuerza esta idea a través de una aplicación parcheada y discontinua: tonos intensos como el rojo, el marrón y el azul contrastan con el blanco, sugiriendo un intento del artista por rescatar la imagen del vacío original del lienzo, ese blanco impecable del que emerge la figura.
Natalia.

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