Como si hubieran escapado de la viñeta de una novela gráfica, emergen dos figuras tan peculiares como complementarias: Violet y Red. Se presentan de espaldas, enfrentadas sin mirarse, en una tensión silenciosa que recuerda a un duelo detenido en el tiempo. La posición de sus manos —extendidas, rígidas, casi mecánicas— sugiere la forma de un arma imaginaria.
Ambas figuras se articulan como un puzle
visual. Sus contornos encajan y se interrumpen mutuamente, componiendo una
unidad fragmentada: dos identidades autónomas que, sin embargo, solo adquieren
pleno sentido cuando coexisten en el mismo espacio pictórico. El resultado es a
la vez bello y vibrante; una armonía construida desde la oposición.
Los rostros, esquemáticos pero expresivos,
parecen narrar la memoria de dos civilizaciones distintas.
El color se aplica con intención estructural,
no meramente decorativa. La composición funciona como un único plano compacto
que condensa la escena y elimina la profundidad tradicional. Las formas
circulares y angulares se alternan para generar ritmo: lo orgánico frente a lo
geométrico, lo humano frente a lo mecánico.
Finalmente, los bordes —unas veces oscuros,
otras claros— refuerzan la silueta según conviene al equilibrio general. No
delimitan únicamente; ordenan, jerarquizan y conducen la mirada.
Natalia.


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