La Estatua de la Libertad ya no reconoce su propio nombre. Donde antes habitaba la esperanza, ahora se extiende una tristeza densa, casi insoportable. Su rostro, oculto tras manos que no son suyas, refleja el peso de un mundo que ha olvidado lo que significa ser libre.
La avaricia se ha convertido en el motor de la historia. Alimenta guerras, justifica la violencia y normaliza la crueldad. Resulta difícil comprender cómo, en una época donde la ciencia avanza a pasos extraordinarios, donde la medicina logra vencer enfermedades que antes eran sentencia de muerte, y donde vivir más de ochenta años es cada vez más común, siga siendo el poder —y no la vida— el objetivo de tantas naciones.
Mientras el universo nos revela sus secretos más profundos, algunos países continúan mirando hacia abajo, obsesionados con la conquista, el territorio y la supremacía. Como si la grandeza se midiera en dominios y no en humanidad.
Hombres de poder, escuchad la voz del pueblo.
Basta de arrebatar la vida a inocentes.
Basta de desgarrar la tierra con la violencia.
Basta de envenenar el aire y el agua con el eco de las armas.
Natalia.
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