Raíces de Azogue se ha concibido como un espacio de tránsito entre lo visible y lo oculto, donde el espejo deja de ser un objeto para convertirse en símbolo: superficie de proyección, umbral de conciencia y dispositivo de revelación. En torno a él, la exposición despliega una reflexión sobre la mirada —propia y ajena—, la dualidad de la identidad y la naturaleza inestable de la verdad.
Como el azogue de los espejos antiguos, las obras reunidas poseen una cualidad mutable y ambigua: reflejan, pero también distorsionan; muestran, pero también ocultan. La imagen deja de ser certeza para convertirse en proceso. Las tres artistas entienden la creación como un acto de indagación. En este juego de reflejos, el espectador no permanece al margen: mirar implica reconocerse y, al mismo tiempo, perderse.
Natalia.
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