En la ciudad de las Líneas, nadie caminaba por donde quería. Las franjas azules llevaban al trabajo, las rojas al mercado y las blancas devolvían a casa. Salirse del trazado estaba prohibido, aunque nadie recordaba quién había pintado el primer camino.
Boyd era boxeador. Llevaba guantes grandes, azules y rojos, y cada tarde entrenaba en el gimnasio de las Siete Campanas. No era el más rápido ni el más fuerte, pero tenía una habilidad que desconcertaba a sus rivales: veía las líneas antes de que aparecieran.
Una mañana descubrió una franja oscura atravesando la plaza. Separaba la fuente de las casas del barrio. El alcalde ordenó que nadie la cruzara. «Las líneas protegen», repetía. Durante tres días, los vecinos hicieron cola frente a una fuente que podían ver, pero no alcanzar.
Boyd se acercó. Cuando puso un pie junto al borde, la línea retrocedió unos centímetros. Dio otro paso y volvió a alejarse. Entonces comprendió que no era una frontera: era miedo dibujado en el suelo.
Se puso los guantes.
Los vecinos esperaban un golpe, pero Boyd no levantó los puños. Avanzó despacio. La línea se retorció entre sus botas, trepó por una pared y terminó enroscada alrededor de la torre del reloj. Boyd siguió caminando hasta la fuente y llenó un vaso.
—¿Y ahora? —preguntó una niña.
Boyd bebió un sorbo y le entregó el vaso.
Aquel día nadie derribó la torre ni borró todas las calles. Algunas líneas seguían indicando caminos útiles. Otras fueron desapareciendo a medida que alguien se atrevía a cruzarlas.
Desde entonces, Boyd continuó entrenando. Pero en la ciudad dejaron de llamarlo boxeador. Decían que su verdadero combate empezaba cuando no había nadie delante.

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